sábado, 8 de mayo de 2010

El niño con el pijama de rayas de John Boyne

Este libro es muy conmovedor y emocionante teniendo en cuenta el tiempo y la época en la que discurre. Del año 1940 al 1945, en plena Segunda Guerra Mundial. Es un libro que después de leerlo no se olvida fácilmente.

Todo comienza con la salida de Bruno de su Berlín natal, dejando allí a sus amigos, cuando a su padre lo trasladan a Auschwitz. Ningún miembro de la familia estaba de acuerdo, pero no había otra opción. Bruno, sobre todo, no se resistía a la conformidad que los demás tenían. Él se sentía demasiado solo y no entendía todo aquello, ni porqué su padre había aceptado ir allí y dejar a sus abuelos solos en Berlín.

Cuando llegaron a la casa de Auschwitz y estaban acomodados, Bruno, ya en su habitación, ve desde la ventana un campo muy grande rodeado por una alambrada. Pero lo que más le llamo la atención fue que al otro lado de la alambrada todas las personas vestían iguales, aunque él pensó que sería el uniforme que allí usaban. A Bruno no le gustó ese uniforme y pensaba que el de su padre era más bonito.

Un día Bruno salió de su casa para explorar un poco, como él decía, pero no podía pasar de su calle porque al otro lado estaba la alambrada. Siguiendo esa alambrada vio a un niño a lo lejos, al otro lado de ella. Se quedó un poco sorprendido pero se alegro al pensar que al menos podía tener a un amigo, ya que en aquella zona donde estaba la casa no había niños de su edad para poder jugar o, incluso, ir de explorador que era lo que más le gustaba. Se sentaron en el suelo y se pusieron a hablar. Se dijeron sus nombres y el niño del otro lado de la alambrada le preguntó si tenía algo de comer. Bruno le dijo que no pero que al día siguiente traería algo y se despidieron.


Bruno no tenía ni idea de lo que iban a vivir en los días posteriores y jamás imaginaría qué acabaría sucediendo.

sábado, 20 de febrero de 2010

Proyecto de mujeres en Caritas

Hola, después de tanto tiempo sin escribir nada os voy a contar algo acerca del proyecto que emprendí hace algunos años junto con algunas amigas. Se trata de un grupo de mujeres de Cáritas.

Entré en este grupo en un momento que estaba baja de ánimo y gracias a este grupo hoy me siento más reconfortada y querida por otras personas y por mi misma.

En este taller hacemos trabajos de manualidades, compostura, punto de dos agujas y punto de cruz, bordados, técnica de pintura en plástico, cristal y telas. Por ejemplo, en el mes de diciembre, en la cabalgata del Rey Mago Gaspar fue el director de Cáritas Diocesana y quería llevar en su carroza a niños que estuvieran vinculados con los proyectos infantiles que hay en las parroquias de algunos barrios de Sevilla. Así fue como nos propusieron a nosotras que confeccionaramos los trajes de los catorce niños que iban a ir en dicha carroza.

Este fue un trabajo muy especial y gratificante y os puedo decir con toda seguridad que todas nosotras nos hemos sentido muy satisfechas y agradecidas por habernos dado la oportunidad de colaborar con estos niños, ya que sabemos lo que ellos han disfrutado de ese día tan especial para ellos, lleno de ilusión y nerviosismo, incluyendo el nuestro propio, esperando el día de verlos en la calle y verles las cáritas de emoción que tenían.

En fin, esas cositas que nos sirven para aprender y, a la vez, aportar lo que ya sabemos. Nos sirve para comunicarnos con otras personas que están fuera de la unidad familiar y del propio entorno.

Nosotras tenemos nuestras charlas de autoestima, comidas, excursiones, etc. Esto nos sirve como distracción y, a la vez, como terapia comunicativa.

Hace un año aproximadamente me comentó una compañera que en la parroquia, debido a las bajas de otras personas, podía echar una mano en Cáritas Parroquial. Yo, desde el principio, estuve de acuerdo. Esto me ha servido para sentirme más humana, al saber de las necesidades que están pasando muchas de las personas del barrio, como jóvenes parados, emigrantes y familias completas. Todos solicitan ayuda para, por ejemplo, pagar facturas de luz, de agua, de comunidad, etc. Incluso, nos llegan personas con cartas de cortes de estos servicios, así como pagos pendientes de hipotecas, de alimentación o farmacia.

El día que es posible ayudarles nos sentimos reconfortadas, optimistas y con una sensación de bienestar en la mente y en el cuerpo muy positivo. Lo malo de todo esto es cuando la colecta del mes es baja y no se les puede ayudar lo que desde Cáritas quisiéramos, ya que la ayuda que nosotros podemos dar es el fruto de esa colecta que se recoge en la parroquia un fin de semana al mes. Si ésta es baja no se puede hacer frente a las necesidades que nos demandan. Cuando esto ocurre y hay que explicar a todas esas personas que no hay dinero, o no lo suficientes para cubrir sus necesidades, o ni siquiera alguna de ellas, salimos desconsoladas e la oficina.

Y no queda ahí la cosa. Estando un día en el taller, me propusieron ir a Cáritas Diocesana, al departamento de acogida, para ser voluntaria. Este departamento realiza un servicio de atención y conocimiento de las personas y sus problemas individuales y sociales. Evidentemente, acepté con mucha ilusión.

Mi trabajo en Cáritas Diocesana consiste, fundamentalmente, en dar información sobre dónde puede una persona obtener las ayudas que necesite. Es decir, se deriva a cada persona a la Cárita Parroquial que le corresponda, o bien a comedores sociales, centros de acogidas, cursos para jóvenes o emigrantes, etc. Incluso, hay casos en los que las personas que visitan Cáritas necesitan, tan sólo, hablar y ser escuchadas; siendo ésta la única necesidad que solicitan. En estos casos, para estas personas, saber que hay alguien que les escucha es ya suficiente y, en mi caso, esta labor es muy digna y humanitaria. Así pues, agradezco enormemente a Cáritas el permitirme prestar ayuda a quien la necesita y por darme la oportunidad de trabajar como voluntaria.

Con esta labor paso mis días incluyendo, por supuesto, las labores de la casa, que no son pocas. Y como ya sabéis, también dedico mi poco tiempo libre a mi afición favorita y que no es otra que la lectura.

Y creo que no tengo nada más que contaros. En realidad, sólo me queda deciros que estas labores son de lo más emocionante que puedo sentir.

sábado, 24 de enero de 2009

La infancia que se perdió de Leandra González

Cuando he leído esta novela lo primero que me llamo la atención fue la naturalidad y la frescura con la que se cuenta. Mientras estamos leyendo nos adentramos en la realidad de aquellos años duros y difíciles de la posguerra española, donde la infancia era precaria y agridulce, con muchas dificultades.

Laurita descubrirá lo que por tantos años sus mayores han guardado.

Su madre que era muy joven enviudo antes de nacer Laurita y al encontrase sin medios para criar a su hija se fue a la capital dejando a la niña con su abuela y su tía. Por este motivo el contacto que Laurita tiene con su madre siempre es por correo.

Laurita nos va enamorando con la solidaridad y ternura, sus sentimientos llenos de amor, tristeza y abandono, además de su cariño, a veces desafiante, hacia los mas débiles e indefensos.

Estamos, pues, ante una novela que no os dejara indiferente. Tanto si vivieron en aquel tiempo como si no lo vivieron, en ella descubriréis un mundo que por más que os parezca lejano fue el de nuestros padres, abuelos y familiares más mayores.

La escritora de esta novela te sumerge en un mundo a veces subjetivo y en otras ocasiones muy real. Toda ella esta impregnada de un ambiente de misterio y secretos a media voz.

Amigos y amigas os recomiendo este libro y no os arrepentiréis.

Gracias Leandra no cambies nunca. Sigue así.